Carta a la mujer que soy… y había olvidado que era






Las mujeres somos tan fuertes, valientes y dedicadas que muchas ocasiones nos olvidamos de nosotras mismas, de lo que somos, de lo que queremos y deseamos, de nuestros sueños, de ser felices para nosotras y nos concretamos en vivir para los demás, así lo refiere la autora de esta carta de quien hasta el momento se desconoce su nombre y le damos todos créditos pertinentes...

He sido como muchas mujeres, hija, hermana, alumna, buena amiga para algunos, mala para otros, novia, exnovia, esposa, exesposa, mamá, empleada, desempleada, todos estos títulos y muchos más que cualquiera de ustedes o yo nos ponemos felices y con la única meta en la cabeza de dar lo mejor de nosotras mismas.

Pero hoy me vino una pregunta a la cabeza, y por primera vez en esta carrera loca de la vida hice una pausa para repetirla en voz alta, ¿A quién hay que darle lo mejor de nosotras mismas? A nuestros padres, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros maestros, a nuestros amigos, a nuestros novios, exnovios, esposos, exesposos y por supuesto a nuestros hijos? 

Hubo un silencio total y la respuesta se convirtió en un viaje a lo que he sido y a lo que he hecho durante todo este tiempo. Me he pasado casi 40 años sudando por dar lo mejor de mí misma, a veces feliz de lograrlo, a veces frustrada por no haber podido evitar fallar, pero también identifico otra voz interna que vive en mí, presionándome siempre y me repite una y otra vez al oído:

- ¡No puedes fallar!
- ¡No has sudado lo suficiente!
- ¡No puedes enfermarte!
- ¡Tienes que empujar. 
- ¡Tienes que cumplir!
- ¡Tienes que! 
- ¡Debes de!

Me encuentro en esta frontera en la que han estado seguramente muchas mujeres, en el punto exacto en el que empiezo a despedirme de mis cuarentas y me pregunto:


- ¿Qué soy en realidad?

Por primera vez veo a mi mamá realmente grande, y a mi papá que está lejos, y veo a mi exesposo que tiene una vida propia al igual que mis hijos a los que a veces veo dormidos cuando yo despierto, y están despiertos cuando yo duermo.



Y es natural ¡eh!, cada uno se ha encargado de tener su propia vida, única y maravillosa función, es decir, su propia vida como les dije.

¿En qué momento me sentí la responsable del equilibrio del universo, en qué momento deje de ser mi propio centro para convertirme, por decisión propia, en el centro de los demás?.

Pareciera que la misma vida me nombro la proveedora, y si, sí, lo hice por decisión propia pero me volví de hierro para cargar, para no permitir que las circunstancias aplastaran a los que amo, para resolver cuando alguien de los míos necesite apoyo.

Sonará fuerte o egoísta mi confesión si digo que hubo momentos en los que me sentí vulnerable, impotente, frustrada, agotada, o con ganas de salir corriendo, crucé por enfermedades, crucé también por enfermedades de mis hijos, refrigeradores vacíos, deudas, enfrentamientos, trabajos no pagados, muchísimas lágrimas y hoy, hoy el teatro está vacío y yo de pie en un escenario vacío también, no hay público, no hay hijos, ni padres, ni esposos, ni exesposos.

Hoy estoy yo sola, parada frente a mis años, poniendo pausa en mi vida y reconociéndome por mi propio nombre, sin títulos ya!, y esta es la voz que he decidido escuchar, la que me quiere, la que me cuida, la que me ha mantenido a flote durante una vida entera y la que me dice:

- ¿Sabes? ¡Lo has hecho bien! Y mereces ser feliz, sin culpas, sin sudar, sin creer que fallas.

Y así, sin que nadie tenga que aplaudirme parada sola frente a mí me estoy dando un aplauso.

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